Lutero según Juan Manuel de Prada

Por Simón Itunberri

lutero-de-pradaCon motivo del quinto centenario de la fijación de las noventa y cinco tesis de Martín Lutero contra las indulgencias que se cumplirá dentro de un año, se están multiplicando los actos y publicaciones en torno a Lutero y la Reforma Protestante. El escritor español Juan Manuel de Prada ha publicado recientemente un artículo sobre el tema, titulado El legado de Lutero.

De Prada, adelantándose al «bombardeo apabullante sobre las presuntas bondades del legado luterano» que prevé traerá el aniversario, aporta sus reflexiones sobre «la llamada Reforma», que «no fue una mera controversia eclesiástica, sino que supuso un expreso rechazo del Dogma y la Tradición, así como una negación del valor de los sacramentos». Esto constituye para él una tragedia pues, como católico romano que es, cree que «los dogmas religiosos no son, como el ingenuo (creyente o incrédulo) piensa, meras entelequias sin consecuencias sobre la realidad, sino condensación de verdades sobrenaturales que ejercen un influjo muy hondo sobre nuestra vida».

Todos los que abordan la figura de Lutero están de acuerdo en que la Reforma a la que dio inicio partió en gran medida de las vivencias personales del monje alemán, quien llegó a la convicción de que, como señala el escritor, «el hombre pecador nada podía hacer por alcanzar la salvación. Así fue como concluyó que Cristo ya había sufrido por nuestros pecados; y que, por lo tanto, ya estábamos perdonados. De modo que, para salvarnos, bastaba con que se nos aplicasen los méritos de Jesús por medio de la fe». Esto, que para los reformados supone un valiosísimo redescubrimiento (personal, sí, pero basado en la lectura de la Biblia), para De Prada constituye «una proyección teológica de sus propias debilidades».

De Prada cita a Leonardo Castellani (sacerdote argentino del siglo XX cuya obra ha editado): «Desde que Lutero aseguró a cada lector de la Biblia la asistencia del Espíritu Santo, esta persona de la Santísima Trinidad empezó a decir unas macanas espantosas». Es cierto que después de Lutero se ha utilizado la Biblia para defender disparates de todo tipo. Pero no olvidemos el gigantesco volumen de despropósitos que, distorsionando la Biblia hasta extremos inconcebibles, proliferaron en los escritores eclesiásticos, prelados y papas de la Edad Media… y han seguido repitiéndose en los posteriores en los autores posteriores del ámbito católico romano.

Según De Prada «el libre examen luterano desató la enfermedad de la inteligencia denominada diletantismo, que luego ha contagiado, por proceso virulento de metástasis, toda la cultura occidental». Es un error gravísimo acusar a Lutero de relativismo, pues él nunca defendió que cada cual leyera en la Biblia lo que quisiera, sino que el conjunto de los creyentes deben ser libres para estudiarla, y que nadie puede poner por encima de ella la palabra autoritaria e incuestionable de la jerarquía eclesial. Esa es su gran aportación.

El novelista vasco cree que «al afirmar el principio del libre examen, que atribuye al hombre una facultad omnímoda para ordenar su vida religiosa, Lutero anticipa el imperativo categórico de Kant, que proclamaría la suficiencia absoluta de la voluntad humana para emanar normas de conducta, erigiéndose así el hombre en único legislador y árbitro de su vida moral». Aparte de la quizá exagerada interpretación de Kant, De Prada insiste en el error ya señalado de atribuir un relativismo humanista a Lutero, quien precisamente defendía que quien fija las normas de conducta es Dios a través de la revelación (accesible a todo creyente en la Biblia), y no los papas y la Iglesia Católica. Estos, usurpando el lugar de Dios, a lo largo de los siglos modificaron las claras enseñanzas bíblicas, añadiendo además múltiples tradiciones que impusieron al pueblo haciéndolas pasar por mandatos divinos. Por tanto, si hay una institución que da la supremacía a la voluntad humana (la de un solo humano, en este caso), es el papado, mientras que Lutero devolvió la Palabra de Dios al conjunto de la iglesia, entendida como pueblo de creyentes, y no como institución.

De Prada atribuye a Lutero ideas como que «el bien ya no será una categoría que el hombre discierne a través de la razón, sino lo que en cada momento determine que es bueno (o, dicho más descarnadamente, lo que le convenga), y el mal lo que entienda que es malo (o sea, lo que le perjudique)». Uno se pregunta si ha leído a Lutero o más bien habla de oídas, pues cualquiera que se haya aproximado a la obra del reformador sabrá que en ningún lugar encontrará semejantes ideas. Le atribuye también anticiparse al concepto de conciencia de Rousseau, como «mera pulsión subjetiva» que acabará haciendo del hombre de nuestra época «un amasijo instintivo sin guía ni freno, huérfano de razón y responsabilidad». Es cierto que Lutero defendió la primacía de la conciencia, con el objetivo de liberar a las personas de la tiranía magisterial que indica a los ignorantes fieles qué deben creer y practicar; pero precisamente predicó lo contrario a lo que dice De Prada: el sometimiento a la voluntad de Dios, quien por gracia y amor capacita al creyente para vivir de acuerdo con ella.

Según De Prada, Lutero también es precursor de Hegel, de Freud, de « los sucesivos escepticismos, relativismos y nihilismos del pensamiento contemporáneo» y de toda la filosofía moderna, en la que «cada escuela filosófica debe crear un sistema que se erija en la verdad (por supuesto, refutada por la siguiente escuela) […] quedando excluido el orden sobrenatural». El escritor parece ignorar que la cosmovisión de Lutero da preeminencia a la fe, razón por la cual difería radicalmente de los humanistas de su tiempo. Precisamente su fideísmo se suele interpretar como un rasgo “todavía” medieval de su pensamiento, a la vez que, efectivamente, su defensa de la conciencia individual lo sitúa como uno de los precursores de la Modernidad, pero no del movimiento humanista que entroncaría con las corrientes escépticas de la Ilustración (como pretende De Prada), sino de las corrientes que alumbrarían el liberalismo de corte cristiano. De hecho, en el juicio al que se le sometió en la Dieta de Worms, sus palabras fueron: “Mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios; no cautiva de los dictados de los hombres y sus instituciones, ni de la subjetividad caprichosa, sino de la revelación divina.

Juan Manuel de Prada no se queda ahí: Lutero sería también culpable de la «desaparición del saber metafísico»; y «allá donde falta la metafísica, afloran como setas un sinfín de supersticiones enloquecidas, fanáticas e imprevisibles». Resulta hasta humorístico que se atribuya esto a aquel monje que, con la Biblia en la mano, desmontó los fundamentos de todo el sistema papal de reliquias, indulgencias, fantasías sobre el purgatorio, veneración de estatuas, procesiones para aplacar a Dios, peregrinaciones a santuarios, apariciones marianas, flagelaciones, tiranía de los confesores, puertas santas… Un sistema que, por cierto, desde los tiempos de Lutero no ha hecho más que crecer en el mundo católico romano.

No está tan desviado De Prada al analizar las consecuencias políticas del pensamiento de Lutero. No es que su doctrina fuera «legitimadora del Estado moderno, concebido como instrumento para ordenar la vida social y reprimir la intrínseca maldad humana, convirtiendo sus leyes positivas en norma ética», como dice él. Pero es cierto que, tras una primera y breve etapa “rebelde”, Lutero, por miedo a que su reforma se ahogara en revueltas populares, exhortó a los príncipes a reprimir a los campesinos. Un grave error, pero que no partía de una mala teología general de base, sino de una incorrecta lectura de Romanos 13.

Y, por supuesto, De Prada olvida que la Iglesia Católica Romana siempre ha defendido una visión similar, no en vano fue uno de los mayores apoyos del absolutismo (y uno de los más persistentes en defenderlo a machamartillo cuando el liberalismo del siglo XIX lo estaba minando). El novelista idealiza la historia cuando escribe: «La monarquía ya había tenido tentaciones de hacerse absoluta antes de Lutero. Pero los reyes estaban limitados por una ley humana, la costumbre, y por una ley divina que no podían conculcar». No: los reyes del ámbito católico, cuyo autoritarismo bendecía Roma, solo estaban limitados por un papado y un clero rapaces, poderosísimos y ambiciosos sin límite.

«El poder absoluto –escribe el autor– mostrará pronto, bajo una falsa fachada unificadora, su íntima vocación disgregadora, haciendo de la disputa por el poder, la tensión social y la guerra constante el clima natural de una Europa dividida»; y lo dice como si el papado (hasta hoy una de las más activas potencias políticas de Europa) y los estados católicos no hubieran tenido una participación decisiva en esas guerras.

De Prada, que es radicalmente antiliberal, considera que «la doctrina luterana sobre la soberanía absoluta de los reyes será la que luego, convenientemente desplazada de sujeto, fundamentará el principio de la soberanía popular», principio que él detesta. La conexión no es tan directa: la soberanía popular hunde más sus raíces en (entre otras fuentes) la Reforma radical de los anabaptistas y otros grupos, vinculados en su origen a las protestas luteranas, pero pronto perseguidos por el protestantismo convertido en oficial. Afortunadamente, aunque Lutero protagonizó el estallido inicial, la Reforma no sólo la llevó a cabo él, y las corrientes radicales y puritanas aportaron mucho a las concepciones democráticas. De Prada lamenta que la Modernidad trajera la «voluntad popular soberana, cuya esencia sigue siendo la fuerza despótica, capaz de determinar mediante mayorías el bien y la verdad según su conveniencia y capricho»; pues él añora el Antiguo Régimen más tradicionalista (y totalitario, no se olvide), en el que las autoridades políticas se someten a la jerarquía católica que, independientemente de la voluntad popular, define el bien y el mal y dicta las leyes.

De Prada cita a Wilhemsen: «La pasividad del alemán frente a su gobierno, sea éste monárquico, imperial, republicano o nazi, refleja una teología y una religión cuya negación de la ley natural exige que el hombre obedezca pasivamente, sin preguntar el “por qué”». En cuanto a esto, hay que reconocer la negativa influencia de algunos escritos de Lutero, convenientemente instrumentalizados por el poder, incluido el nazismo, tal y como expone Erich Fromm en El miedo a la libertad. A la vez, no hay que olvidar que con su conducta Lutero también establece un modelo de revuelta basado en la primacía de la conciencia frente a la autoridad caprichosa, y esa semilla ha tenido muchos frutos positivos en la historia.

En su artículo, el escritor también atribuye a la influencia del otro gran reformador, Calvino, todo tipo de desgracias, en parte con razón, pero con grandes exageraciones también. Y cuando escribe que «la doctrina católica habría combatido el industrialismo y la acumulación de riqueza; pero el protestantismo hizo del afán de lucro un signo de salvación», olvida detalles como que hasta el ascenso de la burguesía el desmesurado afán de lucro estaba monopolizado por la riquísima y acaparadora Iglesia Católica y por la nobleza, cuya ociosidad bendecía esa misma iglesia. Y, aunque De Prada se hace eco de la tesis de Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, no dice que este autor también explica cómo el calvinismo promueve un estilo de vida austero, que de algún modo hace de contrapunto a ese afán de lucro.

Para colmo de males, según De Prada «el protestantismo introdujo un aislamiento de las almas que, además de gangrenar la teología, la filosofía, la política, la economía y la vida social, destruyó la unidad psíquica de la persona. Pues, al cuestionar toda institución humana y toda forma de conocimiento, abocó a los seres humanos a un desarraigo creciente y a una exaltación del individualismo cuya estación final es la desesperación». Leyendo esto, parecería que Lutero fue contrario a todo tipo de vivencia colectiva de la fe, y que defendió una espiritualidad exclusivamente personal. Nada más lejos de la realidad: el reformador (contrario a prácticas como la ascesis católica, esta sí con un gran componente individualista) promovió siempre la celebración comunitaria (y no puramente ritual) del culto, y compuso himnos que han marcado la fe colectiva de todos los reformados de la historia. Y hay que señalar que en el seno del protestantismo han florecido infinidad de iniciativas sociales.

Pero no, para De Prada «la disolución de la religión colectiva facilitaría, en fin, el encumbramiento de sucesivas idolatrías sustitutivas llamadas pomposamente ideologías, cuyo cáliz amargo seguimos hoy apurando hasta las heces». Atribución errada, como hemos expuesto antes. Y resulta grotesco atribuir idolatría a la Reforma, que luchó contra la veneración de todos los falsos mediadores añadidos por la tradición medieval: “santos”, vírgenes, clérigos, papa… Además, De Prada excluye al catolicismo romano de la lista de ideologías. Para él sus dogmas son la verdad absoluta, y es respetable; pero un análisis de la evolución de las ideas y de los mecanismos institucionales que a lo largo de la historia ha desplegado esta iglesia, la sitúan claramente como una macroideología.

Para completar el panorama, resulta que Lutero también es el culpable de la decadencia del arte occidental, pues «su iconoclasia furibunda […] generaría un arte inane y acabaría desembocando en el feísmo más exasperado, puro vómito de una esterilidad engreída, que denominamos eufemísticamente “arte contemporáneo”». Aparte de que Lutero condenó la destrucción de imágenes de los más exaltados, De Prada incurre de nuevo en tergiversaciones. Escribe: «Si la tradición católica, en su esfuerzo por penetrar mejor el contenido de la Revelación, había fomentado un arte riquísimo que halla su paradigma en la belleza inmaculada de María, la reforma protestante, al declarar la ilicitud del culto a la Virgen y a los santos engendraría un arte fosilizado y deshumanizado, cuando no vesánicamente nihilista». ¿Habrá contemplado el novelista las obras de los numerosos artistas protestantes, entre los que destaca Rembrandt, fuente de reflexión espiritual para todo tipo de amantes del arte y la belleza (incluidos los católicos)? Ahora bien, quizá sí haya una conexión entre la Reforma y ciertas dimensiones del arte contemporáneo, como sugiere el pintor Miguel Ángel Oyarbide en su artículo Quinientos años de estética protestante.

Con este tipo de razonamientos es como Juan Manuel de Prada prepara a sus lectores frente a «este centenario tan divino de la muerte que se nos viene encima». Algunos también lo miramos con cierta prevención, preocupados por que la línea dominante de la conmemoración no llegue a enfocar adecuadamente el significado y el valor auténticos de la Reforma Protestante. Pero ese ya es otro tema.

@SItunberri

situnberri@gmail.com

Nota: Las negritas de las citas son siempre añadidas. Fuentes de las imágenes: ABC; iglesiapueblonuevo.es.

Disponible también en Religión Digital.

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2 comentarios en “Lutero según Juan Manuel de Prada”

  1. En el marco de la Reforma las artes plásticas abrieron nuevas rutas impulsando géneros hasta entonces apenas tratados, como el bodegón, el paisaje, la pintura de género o el retrato burgués. La figura de Rembrandt, como bien apunta el autor, ofrece un discurso de profunda espiritualidad que ha sido referencia imprescindible para muchos artistas, incluso de las vanguardias históricas. Pero la estética protestante, no sólo se ha manifestado en los contenidos narrativos de pinturas y grabados, sino que su evidente tendencia anticlasicista ha sido el germen de muchos de los movimientos de tendencia expresionista que se han ido sucediendo a lo largo de los últimos 500 años de historia del arte.
    Probablemente, Juan Manuel de Prada, al sortear el terreno de la música evita la posibilidad de rendirse ante la gran evidencia de lo que ha significado el mensaje protestante a través de este medio. Bach, Haendel, Mendelsson…
    son considerados universalmente músicos de una profundidad y belleza espiritual difícil de cuestionar. Y es que si bien, las artes plásticas se han visto con cierta cautela entre los círculos del protestantismo, la música realmente ha sido y es, la máxima expresión del lenguaje de alabanza del pueblo cristiano reformado.

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