¿Hay que respetar todas las opiniones?

Por Simón Itunberri

OpiniónHay quienes sostienen que la libertad de expresión exige respetar todas las opiniones; otros, en cambio, consideran que hay opiniones tan contrarias a los valores básicos de convivencia que no deberían ser consentidas de ningún modo.

Para resolver qué posición es la correcta es necesario aclarar previamente qué entendemos por “respetar”. ¿Significa asumir que todas las opiniones son igualmente válidas o verdaderas?

Creo que la clave está en diferenciar dos planos: el jurídico y el filosófico. Desde un punto de vista jurídico la respuesta a la pregunta “¿Hay que respetar todas las opiniones?” debe ser: Lo que hay que respetar es a las personas que las pronuncian, porque quedan protegidas por el derecho a la libertad de expresión. Ahora bien, eso no significa que aceptemos que todas las opiniones sean igualmente válidas desde el punto de vista filosófico o ideológico, o que sean equivalentes a otras posiciones; simplemente implica que la autoridad no debe censurarlas ni perseguir a quien las pronuncia.

Hay quienes creen que respetar las creencias ajenas conlleva asumir la convicción relativista de que todas las ideas tienen el mismo valor, y que por tanto no deben combatirse las convicciones de los demás. No: el concepto de respeto, estrechamente vinculado al de libertad de conciencia, lo que significa es que el poder político debe ser neutral ante las convicciones de los ciudadanos, y que todo el mundo tiene derecho a expresar su opinión, lo cual incluye la crítica a otras convicciones.

Por poner un ejemplo: ¿Hay que respetar la opinión de que la tierra es plana? Desde el punto de vista de la autoridad política y de las leyes hay que respetar que haya personas que crean y difundan semejante disparate; es decir, no se debería actuar legalmente contra quienes lo sostengan. Pero, por supuesto, eso no implica que la autoridad declare válida esa opinión ni, por ejemplo, que el sistema educativo deba incluir esas teorías en los currículos escolares.

Sin embargo el mayor debate actual no concierne a este tipo de cuestiones científicas, sino a las de orden político e ideológico. Como ha ocurrido siempre, el paradigma dominante tiene la tendencia a determinar qué es válido o no legalmente, qué se puede decir (incluso pensar) y qué no. Pero la función del poder no es esa, sino garantizar el marco en el cual los ciudadanos pueden expresarse libremente y confrontar posiciones.

Ante el relativismo posmoderno y flojo que defiende que todas las ideas tienen el mismo valor, hay quienes responden: “No todas las opiniones son respetables: no respetaré a quienes defiendan ideas intolerantes o discriminatorias”. En estos casos, es necesario aclarar a qué se hace referencia con “no respetar”: si hablamos de combatir y refutar ideas disparatadas, desde luego resulta ineludible “no respetar”.

Ahora bien, cuidémonos de incurrir en la tendencia (cada vez más acentuada) de exigir que las autoridades prohíban o censuren la expresión de ideas molestas, ofensivas o políticamente incorrectas. En estos conflictos es llamativo que cada bando cree que hay que censurar las ideas o expresiones que les molestan a ellos, mientras que consideran que si sus ideas ofenden a otros hay que proteger que se publiquen en cumplimiento de la libertad de expresión.

Aunque siempre nos encontraremos casos de difícil delimitación, como principio general pienso que las restricciones a la libertad de expresión deberían ser mínimas, para ocasiones muy excepcionales en las que hubiera una incitación a cometer actos delictivos, como por ejemplo un llamado a la violencia hacia alguien. Si no se dan estas circunstancias, por muy ofensiva y disparatada que sea una opinión, la única forma válida de combatirla es la argumentación. Toda prohibición que promovamos hacia nuestros adversarios ideológicos puede volverse contra nosotros y traer como resultado que en otras circunstancias nuestras posiciones sean consideradas políticamente incorrectas y por tanto censurables. De hecho, creo que en algún momento los actuales guardianes de la corrección política serán víctimas de una nueva corrección política de signo contrario. Dada la tendencia humana al extremismo, la ley del péndulo suele ser ineludible.

Por otro lado, desde un punto de vista práctico, o incluso estratégico, hay que tener claro que hoy más que nunca censurar ideas o mensajes no solo no es eficaz, sino que es contraproducente. Un ejemplo paradigmático son los famosos autobuses de HazteOír con mensajes contra la perspectiva de género o “las feminazis”. Todas las prohibiciones municipales, todos los ataques físicos que han recibido, todos los insultos y la ira descargados contra ellos no han conseguido más que concederles la publicidad que buscaban, aumentar la popularidad de HazterOír y finalmente dar votos a la fuerza política española que se identifica con estos mensajes, Vox.

Por tanto, ¿habría que quedarse de brazos cruzados ante ideas que consideramos reprobables? No, todo lo contrario. Lo que conviene hacer es responder con datos y argumentos sólidos, con rotundidad y asertividad, pero sin caer en el insulto y el discurso del odio. Al odio no se le vence con más odio: eso genera siempre una espiral de enfrentamientos y una polarización insalvables. Al odio se le responde con una barrera ética de firmeza y dignidad. Indignarse no significa airarse y perder el control sobre uno mismo y sus conductas.

Aun cuando alguien actúa de forma reprobable o expresa ideas abominables sigue siendo una persona y como tal tiene un núcleo de dignidad inalienable: incluso a quien niega la dignidad de otros no se le puede privar de la suya. Puedo encontrar odiosas unas ideas, pero aun así asumir y respetar la cualidad humana de quien las expresa.

Hoy la mayor parte de las opiniones influyentes se propagan mediante tuits o memes; en las tertulias o debates (de tono cada vez más vulgar) “gana” el que es capaz de propinar el mayor número de “zascas” al adversario; quien tiene la ocurrencia del lema más provocativo es el que más famoso se hace. En un contexto así mantener unos principios de comunicación racional y argumentativa es un reto cada vez más difícil y a la vez más necesario.

@SItunberri

situnberri@gmail.com

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