Josep Maria Esquirol, “La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad”

Por Simón Itunberri

Una invitación a la reflexión, a la rebeldía frente al dogmatismo, al diálogo y a la fraternidad

la-resistencia-intimaLa resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad de Josep Maria Esquirol es una obra suficientemente profunda, rigurosa y documentada como para obtener el Premio Nacional de Ensayo en 2016, y a la vez accesible para el público en general. Tengo que dar las gracias al amigo que me regaló el libro; acertó plenamente.

Fue la primera obra en la que Esquirol, profesor de Filosofía de la Universidad de Barcelona, abordó su “filosofía de la proximidad”. En 2018 publicó un segundo volumen con ese enfoque, La penúltima bondad: Ensayo sobre la vida humana.

Para Esquirol la resistencia es condición esencial de la existencia humana: «Existir es, en parte, resistir» (pág. 9). Y ese resistir tiene tanto una dimensión personal (de ahí lo de “íntima”) como social y política (pág. 14):

«Resistir ante las tiranías y los totalitarismos es resistir ante la disgregación, porque, a pesar de las apariencias, estos regímenes no articulan los movimientos de la vida política, no tejen el tapiz de la sociedad, sino que homogeneizan y fuerzan un todo aparente y falso. El resistente es capaz de renunciar a comodidades y posesiones; incluso, in extremis, es capaz de sacrificarse.»

Es este un planteamiento contracorriente: en la sociedad actual triunfan los «sucedáneos con aire de consejeros psicológicos que de manera banal e ininterrumpida repiten esta fórmula: “Vivir es realizarse”» (pág. 11); un lema que en definitiva significa lo contrario a resistir.

¿Qué motivaciones deberíamos tener para resistir? Según el autor, «toda resistencia vive de la esperanza» (pág. 108). No apunta a una esperanza trascendente, pero tampoco la excluye; de hecho, destaca que «el discurso bíblico, más que de especulación metafísica, es un discurso de esperanza escatológica» (pág. 20). Afirma también: «El alma humana es un anhelo de retorno. Por eso dice Novalis que la filosofía es la nostalgia de estar en casa. Deseamos, empero, regresar a una casa en la que, de hecho, nunca hemos vivido» (pág. 43).

La tesis de Esquirol puede ser asumida tanto por escépticos como por creyentes. Escribe: «El resistente sabe que, pase lo que pase, su acción no es absurda ni estéril; confía en su fecundidad a pesar de que ignora cuándo y cómo germinará» (pág. 15). Yo a esto lo llamo fe; como creyente, tengo la convicción de que orientar la vida según la conciencia tiene una transcendencia, tanto si somos capaces de vislumbrarla en el momento, como si no. Y admiro a quienes así lo entienden desde una posición agnóstica o atea.

El ensayo se encuadra en una amplia corriente humanista del pensamiento occidental. Además de a clásicos griegos y medievales, Esquirol toma como referentes a Pascal, Heidegger, Arendt, Jaspers, Camus, C. S. Lewis, Ricoeur… Defiende el símbolo y la imagen poética como formas de comunicar y comprender. Él mismo recurre a imágenes como la de la comida, la casa o el huerto para explicar su visión de la condición humana, para concluir con “una metafísica del ayuntamiento” simbolizada por la juntura en la que se cosen los límites del ser humano: «cuerpo y alma, cielo y tierra, tiempo y eternidad, finito e infinito» (pág. 169). Pero no parece apuntar a una visión dualista. De hecho, reivindica «un nuevo materialismo: el de las manos que toman y tocan; el de los olores que sentimos y el de los colores –fuera de las pantallas– que vemos. […] El materialismo del que andamos faltos no es el teórico […], sino el más concreto y, por tanto, el más verdadero de todos» (pág. 66).

Este “materialismo” de la cotidianeidad desecha el dualismo que sacraliza lo “espiritual” frente a lo “material”: «La Reforma protestante llevó a cabo una crítica de la vocación monástica como vida superior. Según los protestantes, no existe una dedicación especial, de la misma manera que tampoco hay un solo tipo de lugar sagrado. Por lo menos en teoría, la Reforma protestante, al criticar la superioridad de las mediaciones en sí mismas, revaloriza la vida corriente» (pág. 68). Esquirol propone que «evitemos buscar siempre lo extraordinario, admirémonos de lo simple y llano y aprendamos a apreciarlo porque, desde cierto punto de vista, es lo más sublime de todo» (pág. 55)

Advierte contra «el éxito mediático»; contra «la curiosidad, consistente en querer ver, pero no querer ver para comprender más o mejor, sino querer ver algo para perderlo de vista enseguida y continuar buscando novedades», en una «continua huida hacia adelante»; contra «la manía de viajar que responde al afán de novedad» (págs. 58, 61, 64).

El enfoque de Esquirol defiende una ética de la sencillez, las relaciones y los valores: «No hay resistencia sin modestia y generosidad» (pág. 15). «El resistente se resiste al dominio y a la victoria del egoísmo, a la indiferencia, al imperio de la actualidad y a la ceguera del destino, a la retórica sin palabra, al absurdo, al mal y a la injusticia» (pág. 17). Se trata de una ética de la proximidad (como indica el subtítulo del libro), del cuidado y del compromiso, y por tanto contraria al individualismo egocéntrico del sistema actual: «Únicamente el servicio a las personas más débiles lleva a la paz y […] pone de relieve lo que la cultura contemporánea –sin haber digerido todavía muy bien el discurso ilustrado sobre la autonomía– ha desestimado muy pronto: la mutua dependencia» (pág. 83).

En la visión de Esquirol, «la libertad es, a la vez, una condición […] y una aspiración; es decir, un elemento fundamental de la condición humana (pensar la libertad es pensar el hombre), y el valor personal y político más apreciado (de ahí todas las innumerables luchas por la liberación, individual y colectiva)». Pero desecha los enfoques triunfalistas del modelo “liberal” de hoy: «Lo sorprendente es que las sucesivas liberaciones, tan necesarias y celebradas, no siempre lleven a la libertad como cumplimiento de nuestra condición (como nuestra sociedad lo muestra de forma tan preocupante)» (págs. 99-100).

Es necesario reconocer que la condición humana es limitada, y que las «limitaciones son, al mismo tiempo, condiciones de posibilidad»: «Los otros, en vez de ser una restricción de mi querer, se revelan ahora como la condición de ese querer; soy con los otros y los otros posibilitan mi libertad» (pág. 102). El autor rechaza la concepción de la libertad –cada vez más dominante– entendida como la ausencia de cualquier restricción al yo: «Libertad absoluta es una expresión que además de confundir se refiere a algo que tiene poco de deseable. Somos intimidad convocada […]: una intimidad que se configura a partir de la relación, aunque no se reduce a ella» (pág. 104). El orgullo y el culto al ego son signos de nuestros días: «El hombre orgulloso está tan fascinado por su propio ego que se prefiere a todo y a todos […], tan ocupado en uno mismo que […] desconoce lo más propio, el corazón, el sí mismo» (pág. 104).

Otra de las cualidades del resistente es la fortaleza, que es paradójica y muy diferente al concepto común que se tiene sobre ella (centrado en la fuerza): «La fortaleza de espíritu no aguarda victorias que puedan cantarse. Es discreta: quien la posee no presume de ella. El fuerte reconoce su debilidad, del mismo modo que el sabio su ignorancia. Mira por dónde: la conciencia de la debilidad da más fuerza todavía. Ésta no se expresa ni en el heroísmo ni en la audacia, sino en la firmeza, la fidelidad y la perseverancia» (págs. 105-106). Es un tipo de fortaleza cuyo éxito depende de resistir, no de atacar: «Resulta revelador que a todos los poderes constituidos les inquiete la presencia extraña que los desmonta sin violencia» (pág. 112). El autor remite al ensayo La resistencia de Ernesto Sabato. A mí me viene a la mente la compilación de los últimos escritos de Dietrich Bonhoeffer, publicada (tiempo después de que fuera asesinado por las autoridades nazis en 1945) bajo el título Resistencia y sumisión.

Esquirol analiza la dinámica de los medios de comunicación actuales que, frente a la impresión que se tiene de ellos, son muy dogmáticos: «Es dogmático todo lo que domina y se asume porque sí, porque toca» (pág. 113). Ese dogmatismo conduce a una espiral cada vez más violenta: «La violencia procede del dogmatismo (la falsa fortaleza) y el dogmatismo procede de la debilidad mal asumida» (pág. 172). Cuanto más débil es el pensamiento, más intolerancia hay. Yo creo que se trata de una dinámica prácticamente imparable hoy en día, de ahí que voces como la de Josep Maria Esquirol sean cada vez más necesarias.

Los medios están dominados por «los “entendidos”, supuestos especialistas en todo tipo de saberes» que «perturban el mundo» (pág. 116). La pasión por la actualidad es el mayor enemigo de la memoria y de la capacidad de comprender el presente. «El imperio de la actualidad es el imperio de las imágenes y la ausencia de imaginación» (pág. 121). «La actualidad promueve y pide fascinación. Pero la humildad también es una respuesta y no es casual que la humildad sea ajena a la fascinación» (pág. 124). Los grandes volúmenes de datos han sustituido a la capacidad de analizar la realidad: «No es lo mismo disponer de información que tener juicio». Las ciencias humanas y sociales, para dárselas de incuestionables, se han disfrazado de un «simulacro de lenguaje» lleno de palabras raras y neologismos gratuitos bajo la etiqueta de «innovación» (pág. 148).

Frente a la palabra –tan valiosa–, no hay más que verborrea y murmuración: «La palabra tiene poder sobre la vida y sobre la muerte, pero la murmuración solo tiene el poder de la carcoma que corroe su propio mundo. No proyecta nada ni es capaz de nada, sólo consume» (pág. 150). Y ahí reaparece la violencia: «Lo contrario de la palabra no es el silencio, sino la violencia» (pág. 152).

Según Esquirol, «peor que el error es el engaño, y peor que el engaño, el insulto; por eso, el insulto está mucho más alejado de lo esencial que el error; por eso, la esencia del lenguaje tiene más que ver con la sinceridad que con la verdad» (pág. 152). Y no es que el autor, en un alarde de relativismo, renuncie a la verdad; no está hablando de ontología, sino de comunicación; y en unas  relaciones sanas lo que debe primar no es la exactitud, sino la sinceridad. De ahí que sea preferible el «decir anárquico» a la persuasión (pág. 156), y que las conversaciones sencillas puedan construir relaciones sanas y sanadoras: «Si cada vez que preguntamos “¿Cómo estás?” lo hiciéramos francamente, el egoísmo y la tibieza retrocederían un paso respecto a la bondad, al mismo tiempo y en la misma medida en que la verborrea lo haría respecto a la palabra» (pág. 158).

Otro de los valores que Esquirol trata de recuperar, basándose en Lévinas, es la fraternidad: «Que el otro es hermano significa que estoy ligado a él por una exigencia, por una demanda» (pág. 153). En un estimulante diálogo del autor con Antonio Muñoz Molina, Esquirol afirma que de los tres ideales revolucionarios clásicos el más importante para la construcción de la comunidad humana es la fraternidad, porque es «el motor que hace que las personas puedan luchar por la igualdad y la libertad».

En definitiva, en estos tiempos de crispación y odios crecientes este ensayo de Josep Maria Esquirol es una invitación muy necesaria a la reflexión, a la rebeldía frente a la mediocridad, al diálogo y a la fraternidad.

Josep Maria Esquirol, La resistencia íntima. Ensayo de una filosofía de la proximidad, Barcelona: Acantilado, 2015. 178 páginas.

situnberri@gmail.com

@situnberri

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