‘Vida oculta’ de Malick: una conciencia libre

Por Simón Itunberri

AHiddenLifeTrailer-FoxSearchlight-MAhora casi todos somos antinazis, pero imagina que eres un campesino austriaco, con esposa y tres niñas, y que te llaman a pronunciar un juramento de lealtad a Hitler y luchar por el Reich. ¿Qué harías? De eso trata Una vida oculta (2019), de Terrence Malick.

Esta extraordinaria película narra la historia real de Franz Jägerstätter, granjero austriaco que se negó a alistarse en el ejército nazi. Es un film hermosísimo, dotado del inconfundible sello Malick, un director que se aleja de los estilos hollywoodienses para realizar un cine personal que explora la verdad y busca la belleza no en el glamur y el postureo, sino en el carácter de los personajes. Y es, ante todo, un alegato en favor de la objeción y la libertad de conciencia como pocas veces se ve en el cine actual.

La película muestra el lamentable papel de las iglesias bajo el nazismo: cuando no apoyaron directamente el régimen, pecaron de connivencia o guardando silencio. La historia de Jägerstätter concierne a la católica, pero la miseria moral se podría extender a las demás: en cuanto instituciones, todas (excepto la organización de los Testigos de Jehová, entonces llamada “Estudiantes de la Biblia”) se plegaron ante el régimen. Al obispo que le recuerda que «tiene un deber con la patria», Franz le responde: «Si Dios nos da libre albedrío, somos responsables de lo que hacemos». Y añade: «Quiero salvar mi vida, pero no con mentiras».

La iglesia de Franz, que en su día miró hacia otro lado, recientemente lo ha “beatificado”; lo cual recuerda las palabras de Jesús: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: “Si hubiéramos vivido en los días de nuestros padres, no habríamos sido sus cómplices en la sangre de los profetas”. Con esto dais testimonio contra vosotros mismos de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas» (Mateo 23: 29-31).

Gracias a Dios, entre los creyentes de diferentes confesiones también hubo quienes individualmente o en pequeños grupos plantaron cara al Tercer Reich. Por ejemplo, los hermanos Sophie y Hans Scholl y su movimiento La Rosa Blanca (cuya historia llevó a la pantalla Marc Rothemund en Sophie Scholl: los últimos días, 2005).

Cuando un historiador, un escritor o un director rescata una de estas historias, cobra sentido la cita de George Eliot que Malick incluye al final del film: «El crecimiento del bien en el mundo depende en parte de actos que nada tienen de históricos; y que ahora las cosas no nos vayan tan mal como podrían irnos, se debe en buena parte a los muchos que vivieron fielmente una vida oculta y descansan en tumbas que nadie visita». Cita que contrasta con lo que varias personas, entre ellas su amigo sacerdote, le repiten a Franz a lo largo de la película: «Tu sacrificio no beneficiaría a nadie».

La historia de Jägerstätter contiene otra advertencia para nuestros días: cuando no te sometes a lo que la sociedad considera correcto, todos se vuelven contra ti; incluso los que antes te querían, te respetaban y te admiraban, ahora te desprecian, te odian o te consideran peligroso. Como reflexiona Franz: las máscaras caen; «¿acaso no reconocen el mal cuando lo ven?». Los humanos podemos identificar el mal cuando ya ha pasado, cuando mayoritaria y oficialmente ha sido condenado, pero qué frecuente es que cuando lo tenemos delante nos cueste tanto detectarlo y combatirlo… Reconocemos el horror del nazismo de hace ochenta años, pero ¿identificamos los horrores de nuestros días? Conocer las vidas de quienes se opusieron al totalitarismo en el pasado ¿nos ayudará a enfrentarnos al totalitarismo del presente o del futuro? Esa es una de las preguntas más importantes que nos plantea Malick con esta gran película.

También espero que la película ayude a algunos a comprender qué implica defender la libertad de conciencia hasta sus últimas consecuencias, y la necesidad de aceptarla y respetarla. Creo que muy pocas personas tienen esto claro hoy en día.

La vida de Franz y su familia es una historia de fe. No una fe heredada, expresada por tradición o presión social, sino una fe auténtica, que uno vive de forma intensa, personal, intransferible y coherente. Una fe que se tambalea en los momentos más duros, pero que es capaz de sobrellevarlos. Como dice Fani, la esposa: «Él no nos enviará una carga mayor de la que podamos soportar». Ella posee una esperanza que trasciende las penalidades de esta vida: «Llegará un día en que entenderemos el sentido de todo esto».

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